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La Ley del Mínimo Esfuerzo y los ingenieros

Mientras estudiaba ingeniería mi padre solía repetirme para estimular mi objetivo: “Un estudiante que siga la ley del mínimo esfuerzo nunca llegará a ingeniero…, ni a nada.”

Qué duda cabe que mi padre tenía razón, sin embargo para los ingenieros y el Management en general el mínimo esfuerzo puede ser un concepto positivo y eficiente. La eficiencia no es otra cosa que alcanzar los objetivos con los mínimos recursos o esfuerzos. En este sentido de ahorro, el mínimo esfuerzo es rentable.

Pero este concepto de eficiencia no es el que mueve hoy mi reflexión. Viene esto a cuento de la polémica surgida sobre las nueva política de becas para los estudiantes en España.

Los estudios de ingeniería proporcionan una racionalidad y estructura mental donde es complicado penetrar con falacias o teorías sin fundamento. Consecuentemente los ingenieros pecamos a menudo de no ser políticamente correctos como viene siendo práctica habitual, y por el contrario manifestamos sin rubor  lo que el sentido común y la lógica de los resultados aconsejan en cada caso. Pensamos por ejemplo que el tópico “todas las opiniones son respetables” carece de sentido. Se dice como latiguillo tolerante cuando en realidad es una dejación intelectual ante la sinrazón y el error. Dos y dos son cuatro lo opine quien lo opine, y lo contrario no sería en absoluto una opinión respetable para un ingeniero. Del mismo modo el hecho de que los hijos vagos de familias con recursos puedan cursar largos estudios con repetición financiados por sus padres no justifica que hijos holgazanes de familias humildes lo hagan con el dinero del Estado. O sea, con el dinero de todos. Estamos, una vez más, ante una inversión social no rentable, es decir un gasto improductivo como el de los aeropuertos sin aviones y otros muchos bien conocidos que se presentan como inversión social cuando en realidad buscan otros objetivos poco confesables. No olvidemos que uno de los principales actores de la Responsabilidad Social es el Estado que debe enfocar inversiones sólidas y sostenibles.

Desde hace tiempo las organizaciones de la Ingeniería Industrial vienen defendiendo y reclamando la necesidad de implantar la cultura del esfuerzo en la educación y, especialmente, en el sistema universitario.

Por eso el Consejo General de Colegios Oficiales y Asociaciones de Ingenieros Industriales de España acaba de lanzar una nota de prensa donde se apoya al Ministerio en su intento de reimplantar la cultura del esfuerzo. En la citada nota se menciona la situación de los jóvenes arquitectos españoles como ejemplo de incoherencia del modelo educativo anterior. El 41% de los arquitectos colegiados está en desempleo, España cuenta con un número de arquitectos 4 veces superior a lo que recomiendan los expertos  y las 32 Escuelas de Arquitectura que existen en nuestro país en los próximos 6 años incrementarán los 53.000 arquitectos actuales hasta más de 80.000 (!).

Las Autonomías han aumentado enormemente la cantidad de Universidades en el país, no así su calidad pues ninguna de ellas figura en un lugar destacado en ningún ranking.

El informe de la Comisión de Expertos y el Consejo de Colegios de Ingeniería Industrial lo han manifestado alto y claro: “La Universidad debe estar al servicio de la sociedad, no de sí misma”.

El afán de no valorar como merece el esfuerzo, el talento, y la mayor capacidad de los individuos, nos conduce a repartir sin criterio lógico y eficiente los escasos recursos del Estado alimentados por nuestros impuestos.

Los TOPs de los organismos involucrados han generado una burbuja de titulaciones de fácil acceso que han cristalizado en las tasas de paro de jóvenes titulados más alta jamás vista en nuestro país, probablemente sin solución en los próximos 10 años. Causa perplejidad comprobar que estas actitudes no se han regenerado y por el contrario una mayoría sigue defendiendo el modelo que nos llevó a la situación actual.

Generar desempleados o, en el mejor de los casos, emigrantes plurititulados no constituye una inversión rentable, situación que conduciría al cese de  sus TOPs y Managers bajo una gobernanza coherente.

Si no damos valor al esfuerzo y al talento terminaremos eliminando las selectividades, las pruebas de admisión, las oposiciones, y la meritocracia en general. Llegaremos a ser políticamente correctos y a admitir que dos y dos quizás no sean cuatro.

                                                                                                                                                                                                                                                                                      (Fuente: El País)


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