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“Hagamos memoria”

“Cuando llegues a mi edad lo mejor que te puede pasar, como me acaba de suceder a mí, es que un joven se interese por tu vida y esté dispuesto a escucharte durante horas.” Así comienza Nativel Preciado su nuevo libro “Hagamos memoria. Políticos y periodistas de la Transición a nuestros días.”

Nativel es una de las pocas personas1 que conozco que no solo no oculta su edad sino que se enorgullece de manifestarla. Hace bien, porque en su caso el paso del tiempo ha sido generoso, sumando resultados de madurez, lucidez y coherencia. Coherencia y acierto al juzgar lo actual y equipararlo con sus vivencias cuando bien joven comenzaba su oficio de periodista desde abajo, mientras cursaba estudios de Ciencias Políticas y Periodismo. Eran tiempos revueltos, llenos de incertidumbre y riesgo, máxime para las mujeres que ni siquiera tenían la mínima igualdad frente al hombre ni siquiera ante la ley.

Desde su libro nos habla de políticos y periodistas en la Transición a mediados de los años 70, y reconoce que cuando ella tenía 20 años y entrevistaba a Carrillo que aún no había cumplido 60, le parecía un carcamal. Actitud parecida a la que hoy ostentan los activistas jóvenes que quieren expulsar a todos los “vejestorios” de todas partes, para alcanzar posiciones y poder en un entorno que deja pocos huecos a los que se incorporan.  La autora transmite sus impresiones desde su privilegiada posición que ocupa en “fila cero” desde el comienzo de la Transición a nuestros días, llegando a la conclusión que no hay nada nuevo bajo el sol y llueve sobre mojado. Lo que estamos viviendo en la política actual no son acontecimientos idénticos, pero las semejanzas son puestas de manifiesto en el libro.

Lo que sí es diferente son las formas de exigencia de supuestos derechos adquiridos en todos los órdenes y la ausencia de generosidad y concordia que existieron entre los políticos de entonces en comparación con el escaso sentido de estado de los actuales. Se entendieron mejor, desde posiciones más extremas y con sentimientos más a flor de piel, aquellos de antes que estos de ahora. Y es que actualmente falta altura de miras para situar el bien común por encima de los intereses personales o de partido.

El libro más que una novela es una crónica que alterna diálogos con un joven politólogo de hoy, estudiante de Ciencias Políticas, muy corrosivo y reivindicativo, que camufla bajo el nombre de Brown, el cual se lamenta de que su generación ha sido enviada un escalón atrás por la acomodaticia dejación de sus progenitores. Nativel aprovecha el discurso para revivir parte de su biografía personal. La ausencia de la mujer en la escena profesional, más las dificultades y en algún caso las vejaciones que tenían que soportar las pocas féminas que ejercían en activo, el autoritarismo en las empresas periodísticas de entonces, los trabajos de becarios, que entonces no tenían ese nombre, y los sueldos de equivalencia menor al mileurismo actual, que tampoco entonces se denominaba así, son esgrimidos por la autora para explicar a Brown, el joven politólogo, que sus predecesores tampoco lo tuvieron fácil, y que así mismo tuvieron que luchar duro para hacerse un hueco en sus arranques profesionales en medio de un entorno menos tolerante que el que disfrutan los jóvenes de hoy. Bajo ausencia de libertades de todo tipo que amargaban la existencia a aquellos que las ansiaban, los cuales, al defenderlas, llegaban incluso a poner en peligro su vida. Pero con una diferencia sustancial: sin culpar a sus padres de la dificultades; al contrario, agradeciendo tener la oportunidad de tomar el testigo para seguir tirando del carro sin que lo empujaran otros.

Nativel confiesa a sus próximos que ella misma se tenía por radical en la Universidad y fue muy crítica con la primera etapa de la transición, pero cambió radicalmente con motivo del intento de golpe de Estado del 23-F donde lo vivió aterrada con su cuerpo pegado a la alfombra bajo un fusil amenazador. Se volvió “mucho más moderada” al darse cuenta del auténtico valor de la libertad que estaba a punto de diluirse.

En medio de las dificultades de la época, curiosamente el acceso a las instituciones y los despachos públicos era muy asequible a los periodistas al ser muy reducido su número. La proximidad era total, se llamaba al Presidente González por su nombre de pila, y los políticos intercambiaban confidencias con los periodistas en el bar del Congreso.

Sin entrar en análisis comparativos, según Preciado, Felipe González y el PSOE fueron al principio más radicales que Pablo Iglesias y Podemos.

El pelotazo, las puertas giratorias y la corrupción son también, para la autora, un déjà vu, como si lo que está ocurriendo ahora ya hubiera sucedido antes de forma muy similar. Nos relata episodios de la “beautiful people”, los Albertos, Mariano Rubio, Luis Roldán, etc. La falta de integridad en los entornos de alto poder son permanente y sigue sin solución.

Desde su amor al oficio periodístico, aborda anécdotas, valores y principios de la profesión sin olvidar la corrupción. Porque como dice la autora, cada profesión tiene sus modos espcíficos de corrupción. Y describe historias de muchos casos, desde la venial compra de críticas de espectáculos taurinos hasta corrupciones de más alto alcance y fuerte impacto crematístico.  Ella nunca mordió el anzuelo ni tiró por la borda su independencia.

El libro se sigue de principio a fin con interés y emoción,  tanto para los que vivimos en directo aquellos años como para los más jóvenes. Los primeros rememoramos acontecimientos que conviene no olvidar y los jóvenes descubren que la historia siempre se repite con distintos actores y en distintos escenarios.

Para terminar, hay un detalle que me ha sorprendido considerablemente. Cuando Brown interpela y reprende a su interlocutora porque deja al descubierto algunas miserias de todos aquellos que entonces eran “respetables próceres”, esta le puntualiza que no ha visto gigantes a su alrededor de la talla del líder sudafricano Nelson Mandela o del expresidente de Uruguay Pepe Mújica. Pasado el tiempo entendió que solo conoció un líder que no le defraudó, se trata de Adolfo Suarez. Acosado por todos y traicionado por los suyos, supo poner el bien de su país por encima de todo, y nunca mostró rencor hacia nadie.

No creo haberme desviado del tema que nos ocupa porque, como ya habréis intuido, desde la política, la profesión y el mundo empresarial del periodismo, este libro está repleto de ejemplos y conceptos de liderazgo y de comportamientos éticos.

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(1) Iba a escribir mujeres, pero no quiero que alguna joven lectora vea en ello algo políticamente incorrecto.

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